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Aquella noche que el viento me avisó

Aquella noche que el viento me avisó

Por Carlos Lemos

Todavía era de día pero el sol ya empezaba a dar paso a una noche serena. Me revolví en el asiento de la Redacción del diario La República y pegué el salto de rutina con saco incluido. Era el momento en que siempre me iba. Es que a esa hora llegaba Federico Fasano y prefería no cruzarme con él. No por Federico, por mí. Antonio Ladra, el Secretario de Redacción, acostumbrado a mi fuga cotidiana, miró de reojo, sonrió y me guiñó el ojo. Ni Antonio ni yo sabíamos que en una hora andaríamos como locos, juntos pero separados. 

En el camino a casa, en el viejo y querido barrio de la Curva de Maroñas, calculé de nuevo los días que me quedaban para jubilarme.

No recuerdo la comida que me tenía preparada mi esposa de toda la vida. Lo que sí quedó grabado a fuego en mi cabeza es que estaba muy cansado y me tiré vestido en la cama. A los cinco minutos escuché un sonido que hizo cimbrar mi cuerpo.

En 60 años jamás había percibido esa sensación. La ventana estaba cerrada pero aquella suerte de silbido me había taladrado la cabeza.

¿Qué raro? ¿Será una embolia?, fue el primer pensamiento tremendista y egoísta que me asaltó.

Aún aturdido me despegué de la cama y vi cómo el árbol frente a la casa se doblaba por el viento. ¿Y esto?, me dije y corrí al teléfono con los razonables rezongos de mi mujer.

Llamé de inmediato a la torre del aeropuerto de Carrasco y me disculpé por la molestia. “Usted perdone, pero daría la impresión que se viene una tormenta fuerte, ¿cómo está la cosa por ahí?

Del otro lado de la línea el operador dio la primera pista: “Mire por aquí los vientos están superando los 150 kilómetros la hora, no sé que está pasando en el resto del país…”

Creo que ni las gracias le dí a ese gentil hombre, pues de inmediato llamé a la Mesa de Operaciones de Bomberos. Ese oficial acostumbrado a las emergencias me informó lacónicamente: “Estamos saturados, tenemos pedidos de emergencia en todo el país, Montevideo es un desastre”.

Ya no había tiempo para perder más tiempo, por eso la tercera llamada fue directamente a Antonio: “Ché, pará todo que estamos en medio de una hecatombe”.

“¿Qué pasa loco?”, respondió con respetuosa ironía.

“Yo te aconsejaría que largaras todo y pusieras a trabajar a media redacción en la catástrofe que se está desatando en el país”.

Ladra guardó un prolongado segundo de silencio, calculo que mirando por la ventana, pero no lo dejé respirar.

“Mirá, desde mi casa voy a empezar a pasar información, te escribo y mando”.

Me senté en la computadora con el teléfono hirviendo de llamadas y cinco minutos después llamó Ladra al celular. “Ché, Lemos, vos sabés que el viento voló todas las ventas del escritorio de Fasano…”

Por supuesto que ni le respondí y no por falta de respeto, es que se venía el cierre del diario y no podía perder un instante en pensar en las ventanas de Fasano.

Recogida toda la información posible escribí: “Uruguay fue castigado por un ciclón que causó destrozos que aún no pueden cuantificarse. Montevideo sufrió el suplicio de poderosos vientos como nunca antes se habían visto y los daños son enormes, al igual que en el resto del país. Ningún meteorólogo se enteró de nada y nadie anunció la posibilidad de semejante catástrofe de la Naturaleza en Uruguay”.

Rápido como la luz, Antonio Ladra publicó en portada la nota que le mandé desde mi casa, obviamente con toda la información recogida también por varios periodistas que habían salido a la calle por orden de él. Un tipazo, Antonio.

Al otro día, bien temprano, me senté en mi escritorio a leer los diarios. Ni El País, ni El Observador se habían enterado de nada y me llamó la atención con apenas una ojeada de las portadas. Ese día La República había devastado a la competencia. No era cuestión de alegría, el país había sido arrasado y se estaban contando los muertos.

Me llamó la atención que a los siete y media de la mañana el teléfono repicara. Era el ave noctura de Antonio. “Ché, hubo muchos muertos”, intentó desacreditarme. No pude evitar lanzarle una carcajada que le atravesó la almohada.

Antonio reaccionó de inmediato a la impertinencia y como buen periodista replicó: “Los hicimos pedazos”, haciendo clara referencia a los otros medios de prensa que se habían dormido.

Tomé las palabras de Antonio como un cumplido y no agregué más nada. No hacía falta y además él también tenía derecho a seguir durmiendo.

Pero, por qué viene a cuento todo esto se preguntarán los lectores.

Por la sencilla razón de que a partir de ese momento los meterológos de Uruguay quedaron en la palestra pública y su idoneidad cuestionada para siempre.

Hasta hoy, siete años después, no saben si colocar amarillo, naranja, rojo, o rosado en sus alertas. Y ni que hablar de la Dirección Nacional de Meteorología.

Este martes en Uruguay todos andamos con miedo. Y es lógico. Los brasileños de Metsul nos advierten por tecercera vez y corremos de un lado para el otro sin saber qué hacer.

Ni siquiera el Secretario de Presidencia, Don Cánepa, que ayer bajó los decibeles y a media mañana de este martes pidió “calma” cuando los vientos ya superaban los 180 kilómetros.

 

Artículo publicado el 23 de octubre de 2012 en la web de Causa Abierta

  1. elotropepe Octubre 23, 2012 at 1:23 pm Editar - Reply

    Es así, es el país “reactivo” , esperan que hayan muertos para: cambiar o hacer leyes, poner semáforos, reglamentaciones nuevas, salvavidas, homenajes , etc…..

  2. Alexis Octubre 23, 2012 at 1:31 pm Editar - Reply

    FELIZ DÍA DEL PERIODISTA al autor y a todos los mencionados en esta nota incluyendo los que salieron a la calle a buscar información. Un abrazo.

  3. carlos Octubre 23, 2012 at 1:59 pm Editar - Reply

    Alexis: Muchas gracias y un fuerte abrazo.

    Carlos Lemos

  4. Antonio Octubre 24, 2012 at 11:00 am Editar - Reply

    Los hicimos pedazos!!!!!

  5. carlos Octubre 24, 2012 at 11:08 am Editar - Reply

    Qué alegría, Antonio. Un fuerte abrazo. Carlos.

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