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Vergüenza ajena

Vergüenza ajena

Por Soledad Platero

El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, no suspenderá su licencia anual para dar la cara ante el Parlamento por los robos ocurridos en Punta del Este. La indignación cunde en filas de la oposición ante semejante arrogancia, y sólo el escándalo desatado por los atropellos de Leonel Briozzo contra los ginecólogos objetores de conciencia parece hacerle sombra.

Y sí, no es para menos: en lo que va de la temporada se produjo algo así como media docena de “cuantiosos robos” (la expresión es exquisita: el adjetivo no remite a los robos, sino a los botines obtenidos en cada uno de ellos) que dañan la imagen de nuestro país en el exterior y tienen en estado de alerta a visitantes llenos de glamour y divisas como Susana Giménez, Roberto Giordano y otros cuyos nombres no retengo.

Y claro, el ministro Bonomi, una vez más, se hace humo. Me preguntó dónde están las autoridades cuando se las necesita. Pero felizmente la oposición está ahí para señalar los errores y hacernos ver lo que es realmente importante para el país.

Por eso, vista la preocupación manifestada, en plena temporada estival y de receso parlamentario, por la inseguridad que afecta a los veraneantes en Punta del Este, llama la atención que no se haya oído ningún comentario sobre un hecho que fue dado a conocer por La Diaria el martes 8 de enero: dos peones rurales fueron encerrados en la estancia Las Merceditas, departamento de Florida, por el capataz del establecimiento, que los dejó con la portera cerrada con candado.

Una nota de este miércoles, también en La Diaria, dice que la inspección dispuesta por el ministerio de Trabajo constató que, efectivamente, los trabajadores estaban solos en el establecimiento, del que no se podía salir porque la portera estaba trancada.

Según la UNATRA (Unión Nacional de Trabajadores Rurales), Las Merceditas es un establecimiento ganadero, y los dos peones encerrados están a cargo de unos 3.000 animales, entre vacunos y ovinos. No tienen agua potable, así que tienen que hervir agua de una cachimba para su consumo. Trabajan en negro, sin horario, y ganan 300 pesos por día. Son, al cambio de hoy, unos quince dólares, por jornadas que se extienden de sol a sol.

Me llamó la atención que ningún parlamentario convocara a ningún ministro para dar explicaciones sobre este asunto. Y me llamó la atención todavía más cuando vi, también entre ayer y hoy, que las exportaciones de carne tuvieron un incremento de casi el 7% si se lo mide en dólares y del 11% si se lo mide en volumen, durante el año que acaba de terminar. Un buen año para la ganadería, aparentemente.

Los empresarios rurales, sin embargo, no piensan lo mismo. Según el portal informativo Primera Hora, de San José, el presidente de la Asociación Rural de ese departamento reclama que el Estado atienda al sector y “busque una solución” para que no pierda rentabilidad. Es que la rentabilidad es muy importante.

Para entenderlo mejor, digamos que la rentabilidad es la capacidad de obtener un beneficio superior a la inversión o el esfuerzo realizado. Habría que explicar el concepto a los peones de Las Merceditas, que seguramente no lo han entendido (probablemente porque, como se ha dicho reiteradamente en los últimos años, los trabajadores de nuestro país no están muy capacitados).

Pero la oposición no se preocupa únicamente por los robos en Punta del Este. La inflación también preocupa a algunos legisladores. Es el caso de Alberto Heber, que explicó con claridad meridiana a VTV que “aunque todos quisiéramos dar aumentos del 100%” a los trabajadores, cada aumento de salarios supone un aumento de los precios que no le hace bien a nadie.

Digamos que un 100% de aumento en salarios tiene como resultado inmediato un 120% de aumento en los precios de las cosas. Y no miente, Heber, cuando lo dice. ¿Quién no ha visto con sorpresa que un aumento salarial que las empresas comenzarán a pagar a los treinta días de decretado dispara aumentos en los precios al día siguiente de su anuncio?

Hay una explicación, y es la rentabilidad. La rentabilidad es tan, pero tan importante, que todos somos interpelados en sus celosos custodios. Debemos aprender a apretarnos el cinturón en tiempos de escasez y a no ser angurrientos en tiempos de bonanza, porque la rentabilidad es frágil, fragilísima, y casi siempre son los trabajadores, con su limitada formación e insaciable apetito, los que la ponen en riesgo.

¿Que hay integrantes del gobierno que también adhieren a la teoría del cuidado de la rentabilidad? Sí, es cierto. Pero tienen suficiente vergüenza, supongo yo, como para no mostrarse indignados porque Susana Giménez no está tranquila en Punta del Este.
UyPress

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