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CAUSA ABIERTA

El Madrid acribilla al Athletic

El Madrid acribilla al Athletic

A un partido previsiblemente intenso , un clásico lleno de urgencias, sólo le faltaba un árbitro tenso para llevarlo al infierno, para condenarlo al rifirrafe. Mucho tuvieron que ver los futbolistas con un exceso de acciones antideportivas, pero mucho tuvo que ver un colegiado, Muñiz Fernández, más preocupado de no despeinarse que de lo que ocurría en el campo. En el reparto de injusticias salió perdiendo el Athletic, pero sobre todo el fútbol. Al partido le bastaron cinco minutos para demostrar su carácter corajudo. Dos manotazos impunes a la cara de Javi Martínez y Amorebieta; dos tarjetas a Iraola, por protestar, y a Koikili, por arrollar a Robben. El efecto fue demoledor para el Athletic: perdió el coraje de salida, interiorizó el disgusto arbitral y, prácticamente, perdió a sus laterales, de modo especial a Koikili, que, si ya partía en inferioridad ante el velocísimo Robben, se vio cohibido por el apercibimiento de suspensión. Robben le entró a saco, se cosió la pelota a la puntera, metió la quinta y arrasó la banda izquierda a sabiendas de que o sacaba una jugada o sacaba a Koikili del campo. Y sacó un gol de los suyos, de los que enfadan a sus compañeros, pero levantan al público de los asientos.

El Athletic acusó el golpe, se desorientó. Sneijder y Lass se adueñaron del centro del campo para escarbar en la herida de Koikili. Tan tocado estaba que defendió de la forma más infantil del mundo (hacia fuera) un centro enroscado de Sneijder que cabeceó Heinze.

Y vuelta a la locura, como si las cosas se movieran de cinco en cinco minutos: gol de Heinze en propia puerta; empujón de Yeste a Casillas en una disputa infantil que, el árbitro, excesivo como siempre en su actitud, castigó con tarjeta roja, y finalmente gol de Llorente en un error inmenso de Casillas, que ayer perdió el favor histórico de San Mamés.

Sin gobierno ni gobernante (el árbitro era un problema para ambos equipos), la revolución se apoderó del duelo. En esa locura colectiva, Robben impuso su criterio, su velocidad, su habilidad, su soltura; Huntelaar, la enorme pegada de un futbolista más sutil en el toque de lo que su carcasa anuncia. En cuanto Robben decidió culminar sus galopadas con pases al compañero, la máquina del Madrid apisonó a un Athletic que encajó un durísimo golpe con el gol de Huntelaar al minuto de reanudarse el partido.

Demasiado para un Athletic que partía en la máxima desventaja numérica: en el campo y en el marcador. Caparrós jugó al gato y el ratón con los cambios, más taquicárdicos que razonables, mientras el Madrid se iba asentando olvidándose del árbitro, que no veía los codazos ni las manos en las dos áreas (dos clarísimas) y se empeñaba en vigilar los banquillos más que el juego.

Los goles, especialmente el de Huntelaar, que rompía la igualdad, resituaron al Madrid, que comenzó a mover la pelota con la pausa de Lass y el embrujo de Robben hasta que Juande Ramos decidió que descansara para que el francés Faubert tuviera algunos minutos en un partido bronco y un estadio muy caliente.

El Athletic había muerto. Los dos arranques del partido le fundieron la estrategia. Nunca pudo jugar como quería y, para colmo, Yeste, que había puesto a prueba a Casillas con disparos soberbios, se empeñó en sus disputas absurdas que empiezan a requerir un tratamiento de choque desde el banquillo y desde el club. Tres expulsiones absurdas son demasiadas para un futbolista supuestamente llamado a liderar a un equipo y no para dejarlo abandonado cada dos por tres.

Ahí empezó a morir el partido para el Athletic y ahí renació el Madrid, que acababa de sufrir un electrochoque con el gol de Heinze en propia puerta y después con el tanto de Llorente y el cantazo de Casillas. Los goles y Yeste aliviaron al Madrid. El árbitro siguió a lo suyo, recaudando para la federación. Y el Madrid, jugando a placer. Y el Athletic, sufriendo con dolor. El País de Madrid.

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