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Toda Madrid expectante: el Athletic recupera un cuarto de siglo

Toda Madrid expectante: el Athletic recupera un cuarto de siglo

Ocurrió. Sucedió. Y de la forma más natural y extraña del mundo. Veinticuatro años después, el Athletic jugará una nueva final de la Copa del Rey tras superar al Sevilla con más facilidad de la esperada, con más tranquilidad de la prevista, con más felicidad de la soñada. El Athletic cumplió con el anhelo de una ciudad entregada a sus colores. Nadie en Bilbao pensó que resultara aparentemente tan sencillo; nadie en Sevilla creyó jamás que su equipo pudiera ser tan débil, tan vulnerable. Todo lo previsible se cumplió: el ambiente, el frío, el agua, el entusiasmo, la revolución social. Lo que no estaba previsto, ni en el manual de los más forofos, es que el Athletic marcara tres goles en 37 minutos a un equipo tan reputado como el Sevilla, uno tras un saque de banda y dos en centros desde dentro del área. Ciertamente, los partidos tienen vida propia, circulan por donde quieren y se activan en el momento más insospechado. El Athletic encontró el enchufe a los cuatro minutos en un presunto saque de banda inocuo; el apagón del Sevilla fue casi delictivo. A medida que encajaba los goles, generalmente por superioridad física y anímica, la bombilla se le apagaba, incapaz de cambiarle los plomos.

No es que el Athletic fuera el mejor electricista, pero le bastaba con un soberbio Javi Martínez, el chico para todo, para robar, para ayudar al compañero y, sobre todo, para llegar al área rival. Con la mejor versión inteligente de Yeste, dirigiendo desde la banda izquierda, entregado a la causa como nunca, sabiendo dar y tener, enseñar el balón al compañero y escondérselo al rival. Y con un tipo alto, rubio y fortachón, de apellido Llorente, que marcó un gol y participó en los otros dos, dando el primero, robando el segundo. Pase lo que pase, Llorente siempre anda de por medio.

Del Sevilla había pocas noticias que no fueran los aspavientos de impotencia de Jesús Navas (incluidas algunas faltas evitables que pudieron mandarle al vestuario) y la sombra sin sol de Kanoute, lejísimos del área, perdido entre los jugadores rojiblancos, sin sitio, lo peor para un matador.

El gol de Javi Martínez, a los cuatro minutos, mató al Sevilla, le desarmó. Desarmó su moral, le metió el miedo en el cuerpo y le desacreditó defensivamente. Tres asuntos de los que nunca se sobrepuso. El Athletic, entrenado psicológicamente para controlar la ansiedad, encontró el mejor psicólogo en el gol tempranero. Luego vino el ayudante con el segundo, de Llorente, y más tarde el tercero, del meritorio Toquero, que se estrenaba con su club. Más que un espectáculo rojiblanco, era un ejemplo de autoestima, de fe, de estrategia y de pegada. Llegar cuatro veces y hacer tres goles es un lujo reservado a muy pocos equipos, sobre todo en 37 minutos y en una semifinal de Copa, con todas las tensiones que lleva consigo.

Quizás ese gol a los cuatro minutos cambió la neurona del partido: se le asentó al Athletic y confundió al Sevilla. Sacó a Kanouté de sitio, lo llevó muy atrás, allí donde le esperaba el omnipresente Javi Martínez para dificultarle la vida y aligerar el trabajo de sus defensas.

El Sevilla se encontró con tres goles sin haberse defendido, sin haber creado una ocasión de gol y sin haber combinado jugada alguna. Para colmo, todo lo defendió mal. Y le cayeron tres goles como le podía haber caído un diluvio.

Nada previsto, sobre todo tras el partido del sábado, cuando el Sevilla exhibió su jerarquía, pero quizás aceptó el engaño rojiblanco. Lo extraño no era la efectividad del Athletic (el fútbol tiene sus gestos y sus gestas y las reparte como quiere), sino la ineficiencia del Sevilla, extrañamente inocuo con todos los bisturís que tenía. Manolo Jiménez puso rápidamente los que le quedaban, Luis Fabiano y Capel, en busca de una heroica que tenía mal futuro en un San Mamés que lleva 24 años tocando la trompeta para viajar a una final como las de antaño.

Probablemente era el Sevilla más alterado frente al Athletic más racional de la temporada. El primer gol fue el mejor examen práctico del control de la ansiedad que solicitaba el volcánico Caparrós. Y el volcán estalló. La Copa fue el elixir rojiblanco, su pócima mágica, la mejor versión del fútbol de antaño, del fútbol pasional. El País de Madrid.

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